Mi primer viaje. La majestuosa Águila

Mi primer viaje. La Majestuosa Águila 

Una de las cosas que fueron abriendo mi cabeza y mi corazón, en la experiencia chamánica, fue que nunca ocurría lo que yo esperaba que pasase o deseaba o pensaba que podía pasar. Siempre aparecía algo diferente de lo que “dictaba” mi cabeza, mi bendita y boicoteadora cabeza. 

Mi mente racional, (ya conté que soy licenciado en administración, consultor de empresas) permanentemente chequeaba y cuestionaba la experiencia. La llenaba de análisis, cuestionamientos y dudas. 

Así fue, con esas dudas, que luego de muchas vueltas, me decidí, e hice mi primer taller chamánico y en él, mi primer viaje chamánico, al Mundo de Abajo, a conocer a mi Animal de Poder

Esperaba o creía que podría ser un tigre, o un oso o algún animal “abrazable”. A cambio de eso, llegó mi amada Águila, llamada Creb. 

Su nombre lo supe con el tiempo, el tiempo que me llevó entrar en confianza. Como toda relación, se va profundizando con el tiempo y la continuidad del encuentro. En  ellos ya lo tienen claro, los que nos vamos acercando de a poco, o en la medida que podemos, somos nosotros. Y ellos son muy respetuosos y amorosos con nuestros tiempos y formas. 

Decía que me dispuse al viaje, lleno de condicionantes y temores de fracaso, pero también lleno de ilusión y esperanza de poder conectar con mi animal. El tambor comenzó a sonar con su ritmo regular y presente. Su sonido comenzó a llenarme el pecho y luego el cuerpo entero. Me tomó por completo y de golpe estaba frente al árbol. 

Lo primero que me sucedió es que tuve que dar un par de vueltas para lograr quedarme con el árbol elegido. Había seleccionado el ombú de un campo, al que concurría habitualmente, pero en el momento de pararme frente a él, me fui a un árbol de la infancia, del jardín de la casa de mis padres. Me distraje, me cuestioné y regresé, no sin dudas al ombú. 

Me enfoqué en el hueco y puse mi primera intención, de las muchas que vinieron luego, “Quiero conocer a mi Animal de Poder”. Con la vista puesta en el agujero, me incliné y me metí por él. Resbalé por un túnel, ni muy amplio, ni muy estrecho, oscuro y bastante inclinado.

Mis primeras sensaciones fueron de vértigo. Me causaron placer, regresé hacia atrás para volver a sentirlo, pero no ocurrió. Salí del túnel como de un agujero en una pared, a un prado, con montañas y colinas. Pocos árboles, muy abierto y vi al águila a lo lejos, la divisé como una V corta en el cielo. 

La imagen iba y venía, se diluía y regresaba. Tanto como mi cabeza me dejaba, sin dejar de preguntarme si era mi imaginación o si realmente estaba allí. Ese proceso de duda y chequeo me llevó varios años y tantas veces como me lo pregunté, otras tantas cosas ocurrían, que me quitaban la duda. Ya relataré varias, porque fueron importantes en mi proceso de confiar, validar y soltar. 

De tanto hacerlo, me estaba perdiendo de vivir el momento. De validar la experiencia y de valorarla. Hoy ya dejo que fluyan, que vengan a mí.  Las vivo, las valido y las disfruto plenamente, aprovecho todas las enseñanzas y sanaciones que me traen, sin tanta vuelta, simple y sencillo… 

Es algo frecuente encontrarme con los testimonios de quienes concurren a mi espacio de consulta chamánica, que dicen haber visto “algo” y luego los relatos son bellos y muy completos, viajes en tecnicolor les llamo (hoy serían 4 K, para los milenials y centenials), solo que nuestra propia censura, o la exigencia que llevamos con nosotros, no nos permite validar plenamente la experiencia. Pero cuando repasamos el viaje, y se permiten conectar con todo lo que pudieron vivenciar, la emoción y la alegría los embarga. Lo que vieron y experimentaron se llena de sentido y revelación. 

De hecho, cuando yo compartí mi primera experiencia con el grupo del taller, la primera frase que dije fue “no sé si vi mucho” y luego relatándolo, me trajeron a la conciencia el haber vivido un viaje extraordinario. 

Y así fue, ni más ni menos. mi vuelta al contacto con lo extraordinario, con una realidad que había olvidado, con mi parte más maravillosa y mágica, en definitiva, con aquello que había olvidado hacía tanto tiempo atrás. 

Y yo, un hombre ordinario, común, me permitía y podía, ¡¡¡vivir experiencias extraordinarias!!!

En definitiva, allí estaba yo, frente a mi águila, parada en una roca, a la que no podía abrazar como hubiese deseado, ¿Cómo abrazar un águila?, pero que me miraba fijamente, con un gesto de enorme comprensión, contactando por primera vez. Cuando el tambor cambió su ritmo fue tiempo de volver y eso me hizo tomar conciencia de donde estaba, o donde no estaba. Me hubiese quedado allí un buen rato.